Nos hemos acostumbrado a registrar cada hábito. ¿Y si por un momento dejáramos de medir el cuidado y volviéramos a sentirlo?
Hay días en los que hasta descansar parece una tarea que hacemos mal. Leemos sobre rutinas perfectas, guardamos listas para más tarde y terminamos la jornada con la sensación de no haber hecho suficiente, incluso cuando lo único que necesitábamos era parar.
No todo cuidado deja una marca
Algunas formas de bienestar son difíciles de fotografiar: una conversación que se alarga, cocinar para alguien, quedarse mirando el cielo entre dos compromisos. No son soluciones universales ni tienen que serlo. Son momentos que nos recuerdan que la vida no sucede solo cuando tachamos algo de una lista.
Hay espacio para el cuidado incluso cuando no hay una meta que alcanzar.
Me gusta pensar en el bienestar como una habitación que se ordena para recibir. No hace falta llenarla de objetos nuevos. Basta con abrir la puerta, dejar entrar aire y decidir qué merece quedarse. A veces será silencio; otras, música, movimiento o compañía.
Una medida más humana
Quizá podemos preguntarnos menos si hemos cumplido con la rutina y más si hemos encontrado un instante propio. Esa respuesta cambia cada día. También cambia con la edad, con el trabajo, con la ciudad y con las personas que tenemos cerca.
Cuidar no debería parecerse a llegar a una meta. A veces se parece a volver a casa, dejar las llaves sobre la mesa y sentir que, por fin, no hace falta correr.

